Quiero ser profesor
Santiago Pérez Hernández


Una de las grandes lecciones de los griegos fue que la escuela, aunque sea obligatoria, nos hace libres. Por eso, cuando me preguntan qué quiero ser, respondo con una palabra que suena a tiza y a siglos, pero que para mí es un acto de rebeldía: quiero ser profesor.
Sin embargo, no aspiro a ser un mero administrador de contenidos o un busto parlante que repite leyes y artículos. En un mundo saturado de información, lo que sobra es el dato y lo que escasea es el sentido. Mi deseo no es solo transmitir conocimiento, sino contagiar una forma de estar en el mundo; transmitir, por encima de todo, vocación y vida.
La formación del espíritu frente al vacío
Estamos rodeados de una extraña forma de cansancio. El nihilismo y el hedonismo se han convertido en el refugio de una sociedad que parece haber olvidado cómo mirar hacia arriba. Como bien nos enseñó Viktor Frankl, el ser humano no busca solo el placer o la huida del dolor, sino el sentido. Por eso, mi formación académica en Derecho y Docencia no es un fin en sí misma, sino una caja de herramientas para una tarea más urgente: la lucha contra la entropía del alma.
Creo firmemente que la formación intelectual es el cimiento, pero la formación del espíritu es la arquitectura que nos permite habitar la realidad. Quiero enseñar ética —dentro de cualquier asignatura—como la brújula necesaria para navegar estos tiempos convulsos. En este país, en este preciso instante, la ética no es un lujo académico; es una necesidad.
Un camino que apenas comienza
Sé que soy joven. Sé que mis manos aún están aprendiendo a sostener el peso de la responsabilidad que conlleva el aula. Por eso me formo con rigor, buceando en los textos, entendiendo los mecanismos del aprendizaje y buscando respuestas a las grandes preguntas sobre el sentido de la existencia.
Ser profesor es un acto de esperanza. Es creer que, frente al desorden y el vacío, todavía podemos construir ciudadanos capaces de pensar, de sentir y de actuar con integridad. No busco llenar cabezas, busco despertar conciencias. Porque, al final del día, la educación no es otra cosa que el arte de enseñar a otros a luchar contra su propia oscuridad.