Mi prioridad es... ¿Trabajo o familia?

Santiago Pérez Hernández

7/17/20264 min read

La pregunta que ninguna hoja de vida puede responder

Hay preguntas que no buscan medir conocimientos, sino que indagan por revelar quiénes somos. En una entrevista laboral es normal hablar de experiencia, títulos, habilidades o resultados. Todo eso cabe en una hoja de vida. Pero, de vez en cuando, aparece una pregunta que atraviesa el currículum y llega directamente al carácter o a los valores si se quiere.

Hace poco, en medio de esa silenciosa peregrinación que supone buscar empleo, un juez me hizo una de esas preguntas. Después de revisar mi experiencia profesional, mis estudios y mi trayectoria, me preguntó:

Si tuviera que elegir entre el trabajo y su familia, ¿cuál sería su prioridad?

No necesité pensarlo, respondí con la misma naturalidad con la que uno dice su propio nombre, porque mi prioridad era, sin duda alguna, mi familia.

La prioridad familia-trabajo no debería ser un dilema

No respondí porque creyera que era lo políticamente correcto, dije eso porque era verdad, ya que siempre he pensado que el trabajo tiene un enorme valor, pero un valor instrumental, comoquiera que es el puente; nunca el destino, yo trabajo para vivir mejor, pero no vivo para trabajar.

El salario compra tranquilidad, libros, alimentos, viajes, una casa. Pero —en mi opinión— jamás podrá comprar una conversación con quienes ya no están, una vida que pasó mientras seguíamos respondiendo correos, un abrazo aplazado porque "había mucho trabajo".

Y esto me hace pensar que hay una extraña paradoja en nuestra época, ya que nunca habíamos trabajado tanto para disfrutar tan poco, se nos esta enseñando a construir una carrera, pero pocas veces a construir una vida. Y ambas cosas no siempre avanzan en la misma dirección.

El éxito que nadie pregunta

Ahora bien, la respuesta pareció incomodar a mi entrevistador porque su expresión cambió, no discutió conmigo, sino que simplemente entendí, por el silencio que siguió, que probablemente aquel empleo no sería mío, y así fue ya que nunca llegó la llamada.

Durante algunos días pensé si debí responder de otra manera. Quizá decir que mi prioridad era el despacho, el compromiso absoluto, la disponibilidad permanente. Tal vez habría sido la respuesta correcta para conseguir el cargo, pero eso si, no habría sido la respuesta correcta para poder seguir mirándome al espejo.

Existe una diferencia profunda entre obtener un empleo y conservar intactas las propias convicciones y valores, lo primero puede abrir una puerta, pero lo segundo sostiene toda una vida que vale la pena ser vivida.

La filosofía del tiempo

Esto me hace recordar que los antiguos estoicos repetían que el recurso más escaso no era el dinero, sino el tiempo. Séneca escribió —parafraseándolo— que la vida no es corta; somos nosotros quienes la desperdiciamos y, sin embargo, el mundo moderno parece haber invertido esa enseñanza porque defendemos el salario como si fuera lo más valioso y lo único por lo que luchar, así regalamos el tiempo como si jamás pudiera agotarse, pero el tiempo posee una característica que ningún patrimonio comparte, pues este nunca regresa.

Cada tarde perdida con quienes amamos desaparece para siempre, no existe banco que la devuelva, no hay ascenso que la compense, no se encuentra éxito profesional capaz de comprar un solo minuto del pasado para con aquellos que amamos.

El verdadero patrimonio

El trabajo dignifica, pues permite servir, crecer, aprender y aportar, sería absurdo negarlo. Pero también es cierto que ninguna profesión debería exigirnos renunciar a aquello que precisamente da sentido al esfuerzo cotidiano, porque la familia no es un obstáculo para el éxito, es precisamente la razón por la cual el éxito merece existir y es que el reconocimiento pierde brillo cuando no hay nadie esperándonos al llegar a casa. El dinero encuentra rápidamente su límite cuando deja de convertirse en recuerdos compartidos, quizá por eso las personas, al final de sus vidas, rara vez lamentan no haber asistido a una reunión más y haberlo dado todo en el trabajo, en cambio, sí lamentan las conversaciones que nunca tuvieron, los cumpleaños que se perdieron y las despedidas que llegaron demasiado pronto.

Elegir también es una forma de libertad

No sé si aquella respuesta me costó un empleo, aunque es muy posible, y, sinceramente, hoy tampoco importa demasiado, siempre hay derrotas que esconden una forma silenciosa de victoria porque cada decisión revela la escala de nuestros valores. Y si algún día debo volver a responder aquella pregunta, mi respuesta seguirá siendo exactamente la misma.

Y cada vez que me enfrento a estas cosas tengo mas claro que trabajaré con disciplina, responsabilidad, excelencia y daré —en la medida de lo posible— lo mejor de mí, pero jamás aceptaré que el éxito profesional deba construirse sobre la ausencia de quienes hacen que la vida tenga sentido porque al final, los cargos terminan, los despachos cambian, los nombres desaparecen de la memoria, quedando solo aquello que sembramos en el tiempo de quienes amamos.

Y cuando llegue el momento de hacer el balance definitivo, sospecho que nadie recordará cuántas horas permanecimos en la oficina, pero sí recordarán si estuvimos presentes cuando realmente nos necesitaban, quizá esa sea la medida más honesta del éxito y también la única que, al menos para mí, merece ser llamada una vida bien vivida.

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