La polarización es la fractura invisible que amenaza las elecciones en Colombia
Santiago Pérez Hernández
5/28/20263 min read


A las puertas de una nueva jornada electoral, el verdadero riesgo para Colombia no es quién gane, sino la incapacidad sistémica de aceptar al que pierde.
En las vísperas de acudir a las urnas en Colombia, la conversación pública suele centrarse en el escrutinio de los programas de gobierno, las alianzas de última hora y las proyecciones estadísticas. Sin embargo, bajo la superficie de la coyuntura electoral, late una patología mucho más profunda que amenaza nuestra arquitectura institucional, la llamada polarización.
La Real Academia Española define este fenómeno como “orientar en dos direcciones contrapuestas”. No se trata de una simple discrepancia ideológica, un ejercicio saludable en cualquier sociedad abierta, sino de una fuerza centrífuga que segrega, aparta y reduce la complejidad humana a una lógica binaria —e ideológica—. El adversario político deja de ser un contradictor legítimo para convertirse en un enemigo existencial.
El eco de Teodosio y la vieja obsesión por la homogeneidad
Esta tendencia a la división no es nueva; es un eco antiguo de nuestros instintos más primarios. La historia humana occidental ha sido un péndulo constante entre el caos de la fragmentación y la obsesión por el orden absoluto. Los imperios antiguos lo entendieron temprano.
Roma, comprendió que la espada no bastaba para sostener las fronteras; necesitaba unificar las mentes. Cuando el emperador Teodosio adoptó el cristianismo como religión oficial a través del Edicto de Tesalónica, no lo hizo por mera piedad teológica, sino por pragmatismo, bajo la consigna de un solo idioma, una sola fe, un solo imperio. La homogeneización era el antídoto contra la disolución del poder.
Hoy, las cosas son más complejas. Teóricamente habitamos un mundo de ciudadanos cosmopolitas, interconectados y despojados de los viejos ropajes del nacionalismo tribal. Se suponía que la globalización disolvería las fronteras del pensamiento. Sin embargo, en el espectro político actual, presenciamos el fenómeno inverso, una balcanización de las identidades donde los pueblos tienden a fracturarse con una velocidad alarmante.
La rentabilidad de dividir
Cada vez que el calendario de las elecciones en Colombia se activa, la división emerge de forma casi automática, como un mecanismo de relojería perverso. Resulta inevitable preguntarse si esta fractura responde a una condición intrínseca de la naturaleza humana o si, por el contrario, es una sofisticada imposición de los hambrientos de poder.
El viejo aforismo atribuido a Cayo Julio Cesar, “divide y vencerás”, sigue siendo la estrategia más rentable en el mercado de los votos. Dividir a la sociedad no requiere proponer soluciones complejas; basta con cultivar el miedo y la indignación hacia el bando contrario.
El verdadero peligro de esta jornada electoral no reside en la disparidad de los modelos económicos propuestos, sino en la radicalización de los polos.
Hemos llegado a un punto de inflexión donde una mitad del país parece dispuesta a desconocer la legitimidad de la otra si el resultado de las urnas no le favorece. Se pretende imponer el proyecto de un fragmento sobre el resto, ignorando que la democracia, concebida bajo esa premisa de suma cero, se torna insostenible.
La regla de la mayoría y el fracaso de la estabilidad republicana
Cuando el sistema se reduce a una mecánica matemática donde las mayorías relativas se imponen de manera absoluta y las minorías simplemente deben "aguantar" la situación durante cuatro años, el pacto social se quiebra. La Constitución de 1991 no diseñó una democracia aritmetica, sino una democracia constitucional, pluralista y deliberativa, fundada en el respeto a la dignidad humana y en la protección de la diversidad.
Si el ejercicio del voto se convierte en una herramienta para aniquilar civilmente al oponente, habremos fracasado en nuestro propósito fundamental como república democrática. La estabilidad republicana de una nación no se mide por la fuerza con la que gobierna el ganador, sino por las garantías institucionales que se le otorgan a quien pierde para seguir existiendo y disintiendo en paz.
