El Kindle: el arte de hacer una sola cosa

Santiago Pérez Hernández

En el principio fue el papiro, luego el pergamino y más tarde el papel, ese invento chino que los árabes trajeron a las costas europeas para democratizar el pensamiento. Durante siglos, el libro ha sido un objeto perfecto, una arquitectura de hojas cosidas que no ha necesitado grandes reformas. Sin embargo, en este siglo de ruidos y pantallas frenéticas, ha surgido un heredero inesperado, un artefacto que, bajo su piel de silicio, late con el mismo propósito que los rollos de la Biblioteca de Alejandría: el kindle

Es un lector electrónico, una pequeña tablilla que cabe en un bolsillo y que, contra todo pronóstico, se ha convertido en mi mejor inversión. Es un objeto que practica la resistencia: en un mundo donde nuestros dispositivos son navajas suizas que sirven para todo —y que, por lo mismo, nos distraen de todo—, el e-reader se atreve a ser humilde. Solo sirve para leer.

Es casi un anacronismo tecnológico. En una era de colores estridentes y resoluciones infinitas, él se presenta en un sobrio blanco y negro —salvo nuevos modelos—, emulando la tinta sobre la página con una fidelidad que engaña al ojo y acaricia la vista. No reproduce vídeos, no interrumpe con notificaciones de redes sociales, no emite sonidos estridentes. Es un remanso de paz, un dispositivo que ha decidido hacer una sola cosa y hacerla bien.

Llevar uno de estos aparatos en la mano es, literalmente, sostener el sueño de Ptolomeo. Si los sabios de Egipto soñaron con reunir todo el saber del mundo en un solo lugar, hoy nosotros llevamos varias bibliotecas de Alejandría en el peso de una pluma. Podemos cruzar océanos llevando con nosotros a Homero, a Virginia Woolf, a Viktor Frankl y a los poetas del futuro, todos guardados en esa memoria invisible que no pesa, pero que alimenta.

Resulta curioso, casi poético, que en la era de la multitarea lo que más nos asombre sea un objeto que nos devuelve el don de la atención. Que algo solo sirva para leer es hoy un acto de rebeldía. Es la tecnología poniéndose al servicio de la lentitud, permitiéndonos llevar el universo entero en un bolsillo sin perder la esencia de lo que siempre hemos buscado desde que aprendimos a trazar signos en la piedra: el silencio necesario para que las palabras de otros se conviertan en nuestras.