Dejar la vida en un papel
Santiago Pérez Hernández


Escribir es una forma de desnudarse sin sentirse juzgado. Uno se sienta ante la página en blanco y, de la pluma, brota un mar de sentimientos y de historias. Sin embargo, pronto nace la pregunta: ¿vale la pena dejar allí la vida en un papel?, ¿Qué queda de nosotros cuando las palabras nos abandonan?, ¿Tiene sentido entregarse a ese silencio esperando que alguien, algún día, lo escuche?.
Desde los primeros escribas, la escritura ha sido una estrategia contra la desaparición. No para vencer a la muerte, sino para negociar con ella. En cada trazo hay una renuncia, pues lo vivido deja de pertenecernos del todo y pasa a ser una posibilidad para otros. Escribir implica aceptar que lo íntimo se vuelva extranjero y ajeno, que las dudas más frágiles puedan ser leídas por ojos que no nos conocen, por personas que tal vez jamás sabrán nuestro nombre, pero que reconocerán un temblor parecido al suyo.
A veces la pregunta no es si valdrá la pena escribir, sino si valdrá la pena no hacerlo. Hay quienes no saben gritar, ni discutir, ni llorar en voz alta. Para ellos, la página es una habitación cerrada donde al fin se puede hablar sin interrupciones. Allí se depositan sentimientos que no encontraron lugar en la conversación cotidiana: el miedo cuidadosamente disimulado, la certeza que avergüenza, la duda que insiste como una gota sobre la piedra. El papel se convierte en confidente, no porque responda, sino porque guarda.
Pero también está el vértigo. Dejar la vida en un texto es aceptar que quedará incompleta, mal traducida, traicionada por el lenguaje. Ninguna palabra alcanza del todo lo que se siente; siempre hay una parte que se escapa. Quizá por eso dudamos: ¿para qué fijar algo que ya es, por naturaleza, inestable?, ¿Para qué inmovilizar la emoción si vive mejor en movimiento?.
Con todo, la escritura no es un mausoleo, sino una forma de respiración lenta. No congela la vida, sino que la transforma. Al escribir, quienes no saben expresarse de otras maneras encuentran una salida oblicua, una grieta por donde se filtra lo que duele y lo que salva. El texto no reemplaza —naturalmente— la vida, pero la acompaña, como esos libros que han sobrevivido a incendios y exilios y aún conservan, entre líneas, el pulso de alguien que dudó como nosotros.
Tal vez no sepamos nunca si valió la pena dejarlo todo en un papel. Pero mientras exista alguien que, al leer, sienta que no está solo en sus propias preguntas, la escritura habrá cumplido una de sus tareas más antiguas: tender un puente invisible entre silencios. Y eso, aun en la duda, suele ser suficiente.